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T

Tabernáculo

 Nombre

mishkan (÷K;v]mi), «morada; tabernáculo; santuario». El vocablo se encuentra 139 veces y la primera vez que aparece tiene que ver con el «tabernáculo»: «Conforme a todo lo que yo te muestre, el diseño del tabernáculo, y el diseño de todos sus utensilios, así lo haréis» (Éx 25.9). Mishkan se encuentra principalmente en Éxodo y Números, y siempre se refiere al santuario. Con este significado es sinónimo de la frase «tienda de reunión» (bj, lba; «tienda del encuentro» nbe). En total, 100 de los 139 casos de mishkan en todo el Antiguo Testamento significan «morada». Dios habitó en medio de su pueblo en el desierto y su presencia se manifestó simbólicamente en el tabernáculo de reunión. El vocablo mishkan realza en forma representativa la presencia de Dios: «Y pondré mi morada en medio de vosotros, y mi alma no os abominará; y andaré entre vosotros, y yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo. Yo Jehová vuestro Dios, que os saqué de la tierra de Egipto, para que no fueseis sus siervos, y rompí las coyundas de vuestro yugo, y os he hecho andar con el rostro erguido» (Lv 26.11–13). De aquí que el pecado entre los israelitas profanaba la «morada» de Dios (Lv 15.31; cf. Nm 19.13).

Mientras que el «tabernáculo» era portátil, el templo se construyó con el culto religioso como su principal objetivo: «No he habitado en casas desde el día en que saqué a los hijos de Israel de Egipto hasta hoy, sino que he andado en tienda y en tabernáculo» (2 S 7.6). Salomón construyó el templo y la estructura se conocía como la «casa», el templo, en lugar de la «morada» (mishkan). En la literatura tardía mishkan se convertiría en un sinónimo poético de «templo»: «No daré sueño a mis ojos, ni a mis párpados adormecimiento, hasta que halle lugar para Jehová, morada para el Fuerte de Jacob» (Sal 132.4–5). El significado de mishkan también se ampliaría para incluir toda el área circundante al templo, abarcando aun la ciudad de Jerusalén: «Hay un río cuyas corrientes alegran la ciudad de Dios, el santuario, morada del Altísimo» (Sal 46.4 rva); «Ama Jehová las puertas de Sion más que todas las moradas de Jacob» (Sal 87.2).

La profanación de la ciudad y del área del templo fue causa suficiente para que Dios abandonara el templo (Ez 10), permitiendo que los brutales babilónicos destruyeran su «morada»: «Han puesto a fuego tu santuario, han profanado el tabernáculo [«morada» lba; «residencia» nvi] de tu nombre, echándolo a tierra» (Sal 74.7). En su divina providencia, Dios se proponía restaurar a su pueblo y al templo como señal de su presencia continua: «Estará en medio de ellos mi tabernáculo, y seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. Y sabrán las naciones que yo Jehová santifico a Israel, estando mi santuario entre ellos para siempre» (Ez 37.27–28). Posteriormente, Juan declarará que Jesucristo fue el tabernáculo» de Dios: «Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad» (Jn 1.14); Jesús mismo haría referencia a sí mismo como el «templo»: «Mas Él hablaba del templo de su cuerpo» (Jn 2.21).

En términos seculares, mishkan indica la «morada» de alguna persona (Nm 26.24), de Israel (Nm 24.5) y de extranjeros (Hab 1.6).

En la Septuaginta la traducción usual de mishkan es skene («morada; enramada»), que también traduce el término <ohel, «tienda». Algunos sugieren que la pronunciación semejante entre mishkan (hebreo) y skene (griego) ha influido en la traducción. Otro término griego que se usa es skenoma («tienda; morada; habitación»).

 Verbo

shakan (÷k'v;), «morar, habitar». Este verbo, que aparece unas 129 veces en hebreo bíblico, se halla también en otras lenguas semíticas. En acádico, sakanu, «poner, colocar, establecer, situarse», tiene muchas formas, tal como el nombre maskana, «morada». Un caso del verbo hebreo se encuentra en Sal 37.27: «Apártate del mal y haz el bien, y vivirás [«tendrás morada» lba] para siempre».

 

Temer

 Verbo

yare< (areiy:), «temer, temor reverente, temor». Este verbo se encuentra en ugarítico y hebreo (bíblico y posbíblico). Hay alrededor de 330 casos durante todos los períodos del Antiguo Testamento.

Básicamente, el verbo connota la reacción sicológica que llamamos «temor». Yare< puede indicar temor de algo o de alguien. Jacob oró: «Líbrame ahora de la mano de mi hermano, de la mano de Esaú, porque le temo; no venga acaso, y me hiera la madre con los hijos» (Gn 32.11).

Cuando se usa con relación a una persona de alto rango, yare< connota «temor reverente». Es más que simple temor; es la actitud con que una persona reconoce el poder y la condición de la persona a la que se reverencia y se le rinde el debido respeto. Con este significado, la palabra puede implicar sumisión en una debida relación ética con Dios. El ángel del Señor dijo a Abraham: «Ya conozco que temes a Dios, pues que no me rehusaste tu hijo, tu único» (Gn 22.12). El verbo puede usarse absolutamente con el fin de hacer referencia a los atributos celestiales y santos de alguna persona u objeto: «¡Cuán terrible es este lugar! No es otra cosa que casa de Dios y puerta del cielo» (Gn 28.17). El pueblo que se liberó de Egipto vio el gran poder de Dios, «temió a Jehová, y creyeron a Jehová y a Moisés su siervo» (Éx 14.31). Encontramos aquí más que un temor sicológico. El pueblo demostró además la debida «reverencia» hacia Dios, con temor hacia Él y su siervo, como lo demuestra el cántico que entonaron (Éx 15). Después de experimentar los truenos y relámpagos, el sonido de la trompeta y un monte humeante, los israelitas se «atemorizaron» y retrocedieron; entonces Moisés les dijo que no tuvieran temor: «No temáis, porque Dios ha venido para probaros, a fin de que su temor esté delante de vosotros para que no pequéis» (Éx 20.20 rva). En este pasaje, yare< quiere decir «temor» o «pavor» del Señor. Este mismo sentido se encuentra en los pasajes en que Dios dice «no temáis» (Gn 15.1).

Yare< puede usarse absolutamente (sin complemento directo), con el significado de «sentir temor». Adán dijo a Dios: «Tuve miedo, porque estaba desnudo» (Gn 3.10: primer caso del vocablo). También se puede sentir «temor» de alguna situación, como cuando Lot «tuvo miedo de quedarse en Zoar» (Gn 19.30).

 Nombre

moÆra< (ar;/m), «temor». El nombre moÆra<, que se encuentra 12 veces, se usa exclusivamente para denotar el «temor» a un ser supremo. Por lo general, se emplea para describir la reacción que las grandes obras y actos de destrucción de Dios causan en los seres humanos (Dt 4.24). Por tanto, el término indica un «temor» muy marcado o «terror». Cuando se encuentra en singular, el vocablo enfatiza sobre todo las acciones de Dios. También moÆra< puede sugerir una reacción de animales frente a hombres (Gn 9.2) y de las naciones ante las conquistas de Israel (Dt 11.25).

yir<ah (ha;r]]yI), «temor; reverencia». El nombre yir<ah se encuentra 45 veces en el Antiguo Testamento. Puede significar «temor» a los hombres (Dt 2.25), alguna cosa (Is 7.25), situaciones (Jn 1.10) y Dios (Jn 1.12); también puede significar «reverencia» hacia Dios (Gn 20.11).

 

Templo

heÆkal (lk;yje), «palacio; templo». Esta palabra se deriva indirectamente del término sumerio égal, «casa grande, palacio», y de manera más directa al acádico ekallu, «casa grande». La influencia del ekallu acádico se esparció entre el grupo noroeste de las lenguas semíticas. En hebreo posbíblico el significado quedó limitado a «templo». El Hekhal Shlomo («Templo de Salomón») en el Jerusalén moderno, a falta del verdadero templo, se refiere a la sede del rabinato supremo de Israel. El vocablo se encuentra 78 veces desde 1 S hasta Mal y con mayor frecuencia en Ez. La primera vez que se usa tiene que ver con el tabernáculo en Silo (1 S 1.9).

La palabra «palacio» en las versiones en castellano se traduce quizás de tres palabras hebreas: heÆkal, bayit, o <armoÆn. También se encuentra en hebreo bíblico la acepción «palacio» del término sumero-acádico heÆkal. Los 15 casos tienen que ver con los «palacios» de Acab (1 R 21.1), del rey de Babilonia (2 R 20.18) y de Nínive (Nah 2.6). Los «palacios» estaban lujosamente adornados y los que en ellos habitaban disfrutaban de cuanto placer se les antojara; cf.: «En sus palacios aullarán las hienas, y los chacales en las lujosas mansiones. Su tiempo está cercano para llegar, y sus días no se prolongarán» (Is 13.22 rva). El salmista compara las jóvenes bellas con las hermosas columnas de un suntuoso «templo»: «Sean nuestros como plantas crecidas en su juventud, nuestras hijas como esquinas labradas como las de un palacio» (Sal 144.12). Amós profetiza que «los cantos del palacio» (Am 8.3 lba; «cantores del templo rvr») se convertirían en gemidos ante la destrucción del reino del norte.

Por lo general, se puede distinguir la acepción «templo» al hallarse uno de dos indicadores a continuación de heÆkal. La frase «de Jehová» después del término es el primer indicador. «Y cuando los albañiles del templo de Jehová echaban los cimientos, pusieron a los sacerdotes vestidos de sus ropas y con trompetas, y a levitas hijos de Asaf con címbalos, para que alabasen a Jehová, según ordenanza de David rey de Israel» (Esd 3.10). El segundo indicador es una forma del vocablo qodesh, «santo»: «Oh Dios, vinieron las naciones a tu heredad; han profanado tu santo templo; redujeron a Jerusalén a escombros» (Sal 79.1). En ciertos casos el artículo definido basta para señalar el «templo de Jerusalén»: «En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo» (Is 6.1). Es este el caso particular cuando se trata de un pasaje sobre el «templo» (Ez 41).

El Antiguo Testamento habla también del heÆkal celestial, el heÆkal de Dios. Es difícil saber si se refiere a «palacio» o «templo». La mayoría de las versiones optan por la idea del «templo»: «Oíd, pueblos todos; está atenta, tierra, y cuanto hay en ti; y Jehová el Señor, el Señor desde su santo templo, sea testigo contra vosotros» (Miq 1.2; cf. Sal 5.7; 11.4; Hab 2.20). «En mi angustia invoqué a Jehová, y clamé a mi Dios; Él oyó mi voz desde su templo, y mi clamor llegó a sus oídos» (2 S 22.7). Con todo, puesto que las Escrituras describen al trono real de juicio en el cielo, no es del todo imposible que los autores originales tuvieron en mente un «palacio» real. Las imágenes de «palacio» y de juicio parecieran estar como antecedente del Sal 11.4–5. «Jehová está en su santo templo; Jehová tiene en el cielo su trono; sus ojos ven, sus párpados examinan a los hijos de los hombres. Jehová prueba al justo; pero al malo y al que ama la violencia, su alma los aborrece».

La Septuaginta usa los términos naos («templo») y oikos («casa; palacio; morada; familia»).

 

Testigo, Testimonio

 Nombre

>ed (d[e), «testigo». Los 69 casos de esta palabra están esparcidos a lo largo de los varios géneros y períodos de la literatura, aun cuando no se encuentra en los escritos históricos fuera del Pentateuco.

El término se relaciona con el campo legal o jurídico. Primero, en el campo de asuntos civiles el vocablo puede referirse a alguien que está presente durante un trámite legal y que puede atestiguar al respecto en caso de necesidad. Por lo general, se trataba de escribanos o notarios; por ejemplo, para constatar un acuerdo verbal sobre traspaso de propiedad: «Y la costumbre en tiempos pasados en Israel tocante a la redención y el intercambio de tierras para confirmar cualquier asunto … Entonces Booz dijo a los ancianos y a todo el pueblo: Vosotros sois testigos hoy de que he comprado de la mano de Noemí todo lo que pertenecía a Elimelec y todo lo que pertenecía a Quelión y a Mahlón» (Rt 4.7, 9 lba). Más adelante los «testigos» no solo testificaban en cuanto a la transacción y lo confirmaban oralmente, sino firmaban un documento o escritura legal. Es así como el término adquiere un matiz adicional que indica tanto la capacidad como la disponibilidad del «testigo», lo cual les permite avalar con su firma: «Entregué el documento de la compra a Baruc hijo de Nerías … en presencia de Hanameel, hijo de mi tío, en presencia de los testigos que habían firmado el documento de la compra» (Jer 32.12 rva). Un objeto o un animal podían testificar de la veracidad de una acción o de un acuerdo. Su existencia o aceptación por las partes involucradas servía como «testigo» (así como en el caso de los animales que se entregaron a Abimelec en Gn 21.30): «Ven, pues, ahora, y hagamos pacto tú y yo, y sea por testimonio entre nosotros dos [que atestigüe sobre nuestra mutua relación]» (Gn 31.44: primer pasaje con el término). Jacob entonces levantó un majano o montículo de piedras como «testimonio» adicional (Gn 31.48) y apela a Dios como «testigo» y juez si el pacto no se cumple.

En el derecho penal mosaico el acusado tiene la facultad de carearse con su acusador y de aportar evidencia en cuanto a su inocencia. En el caso de una mujer recién casada acusada por su marido de adulterio, el testimonio de este es suficiente para comprobar la culpabilidad a menos que los padres de la mujer tengan, antes del matrimonio, claras evidencias de su virginidad (Dt 22.14ss). Por lo general, confrontaban al acusado con alguien que presenció o escuchó su culpabilidad: «Si alguno pecare por haber sido llamado a testificar, y fuere testigo que vio, o supo, y no lo denunciare, él llevará su pecado» (Lv 5.1). Quien miente en un tribunal de justicia incurre en severas penalidades. El noveno mandamiento puede tener como referencia inmediata un contexto concreto como este (Éx 20.16). De ser así, sirve para sancionar procedimientos jurídicos concretos, salvaguardar a las personas de acusaciones y condenas secretas y asegurarles su derecho y privilegio de autodefensa. En el intercambio entre Jacob y Labán antes mencionado, el primero también llama a Dios como «testigo» (Gn 31.50), entre ellos, aquel que vigilará las violaciones y, que al mismo tiempo por ser Dios, es Juez. Aunque en la mayoría de los casos los tribunales procuraban separar las funciones de juez y «testigos», estos últimos sí tomaban parte en ejecutar las penas contra los culpables (Dt 17.7), tal como lo hace Dios.

>eduÆt (tWd[e), «testimonio; ordenanza». Los 83 casos de esta palabra se encuentran a través de todos los tipos de literatura bíblica y en todos los períodos (desde la Ley sinaítica en adelante).

El vocablo se refiere a los Diez Mandamientos como mandato o deber de origen divino. En particular se refiere a los mandamientos escritos sobre tablas de piedra que perduran como memoria y «testimonio» de la relación de Israel con Dios y su consiguiente responsabilidad: «Y dio a Moisés, cuando acabó de hablar con él en el monte Sinaí, dos tablas del testimonio, tablas de piedra escritas con el dedo de Dios» (Éx 31.18). En otros pasajes, estas tablas se indican solamente como «el testimonio» (Éx 25.16). Debido a que se guardaban en el arca, esta se llegó a conocer como el «arca del testimonio» (Éx 25.22) o simplemente «el testimonio»: «Y Aarón lo puso delante del Testimonio para guardarlo, como Jehová lo mandó a Moisés» (Éx 16.34: primera mención del vocablo en la Biblia). A veces, al tabernáculo, donde se guardaba el arca con las tablas de la Ley, se le denominaba «tabernáculo del testimonio» (Éx 38.21) o la «tienda del testimonio» (Nm 9.15).

El término a veces se refiere a toda la Ley de Dios: «La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma: El testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo» (Sal 19.7). En este caso, >eduÆt es un paralelismo sinónimo de «ley», por lo que «testimonio» llega a ser paralelo al concepto más amplio de «ley». Las leyes especiales o particulares a veces se denominan «testimonios»: «Guarda los preceptos de Jehová tu Dios, andando en sus caminos, y observando sus estatutos y mandamientos» (1 R 2.3). En Sal 122.4, los peregrinajes festivos anuales se llaman «el testimonio dado a Israel».

Verbo

>uÆd (dW[), «aceptar como testigo, testificar, repetir, amonestar, advertir, prometer protección, aliviar o mitigar». El verbo, que aparece 42 veces en la Biblia hebrea, tiene cognados en ugarítico (tal vez), arábigo, arameo, siríaco, fenicio y etiópico.

En 1 R 21.10, >uÆd quiere decir «testificar»: «Y poned a dos hombres perversos delante de él, que atestigüen contra él». En Jer 6.10, el vocablo significa «amonestar»: «¿A quién hablaré y amonestaré, para que oigan?».

 

Tiempo

 Nombre

>et (t[e), «tiempo; período; tiempo determinado, propicio o apropiado; estación». El vocablo también se encuentra en fenicio, hebreo posbíblico, arábigo (los mismos radicales constituyen un verbo cuyo significado es «aparecer») y acádico (cuyos radicales conforman un adverbio que significa «el tiempo en que»). >Et aparece unas 290 veces en todos los períodos de la Biblia.

Básicamente el nombre connota el «tiempo», como oportunidad o estación. Primero, el término significa un tiempo o período designado, fijo o determinado. Esto es lo que los astrólogos decían poder discernir: «Entonces el rey … preguntó a los sabios conocedores de los tiempos» (Est 1.13 rva). Sin embargo, solo Dios conoce y revela estos «tiempos determinados»: «En el tiempo de su castigo tropezarán, ha dicho Jehová» (Jer 8.12 rva).

El nombre se usa además para indicar el concepto de un tiempo «propicio o apropiado». Este matiz se aplica al «tiempo» que Dios designó para que muramos: «No hagas mucho mal, ni seas insensato. ¿Por qué habrás de morir antes de tu tiempo?» (Ec 7.17). Se usa respecto al «tiempo apropiado o adecuado» para alguna acción en la vida: «Todo lo hizo hermoso en su tiempo» (Ec 3.11; cf. Sal 104.27). Por último, >et señala el «tiempo determinado» para el juicio divino: «Señor, ya es tiempo de que actúes, pues tu ley está siendo quebrantada» (Sal 119.126 nvi).

Un tercer uso connota «estación», un período fijo como la primavera: «Entonces dijo: De cierto volveré a ti; y según el tiempo de la vida, he aquí que Sara tu mujer tendrá un hijo» (Gn 18.10). De manera similar se usa el término en relación a la «estación» lluviosa (Esd 10.13), el «tiempo» de la siega (Jer 50.16), la «temporada» en que las aves emigran (Jer 8.7) y el «período» de apareamiento de los animales (Gn 31.10).

El nombre también se aplica a otras «extensiones de tiempo». La primera vez que se encuentra en la Biblia, por ejemplo, >et indica el «tiempo» (u hora del día) de la puesta del sol: «La paloma volvió a él a la hora (o tiempo) de la tarde» (Gn 8.11). Se usa el vocablo para indicar ocasiones especiales como el alumbramiento de un niño (Miq 5.3) o para señalar períodos en que ciertas condiciones persisten (Éx 18.22; Dn 12.11).

Verbo

>anah significa «ejercitarse, preocuparse». Puede que el nombre >et se derive de este verbo que solo aparece 3 veces en la literatura poética bíblica (cf. Ec 1.13). También, puede tener relación con una raíz arábiga que significa «estar inquieto o perturbado», o bien con una raíz etiópica y también del temprano arábigo meridional que significa «preocuparse o inquietarse». En hebreo tardío el término significa «estar preocupado».

 

Tienda

<ohel (lh,ao), «tienda; hogar; morada; habitación». Hay cognados de este vocablo en ugarítico, fenicio y arábigo. Se halla unas 343 veces en todos los períodos del hebreo bíblico.

Primero, el término se refiere a la estructura portátil que llamamos «tienda». Este es su significado en Gn 4.20: «Ada dio a luz a Jabal, el cual fue padre de los que habitan en tiendas y crían ganados». En su carácter de nómadas, los beduinos generalmente moran en «tiendas». Las «tiendas» también pueden usarse para resguardar a los animales: «Asimismo, atacaron las cabañas de los que tenían ganado, y se llevaron muchas ovejas y camellos» (2 Cr 14.15). Durante sus campañas militares los soldados vivían en «tiendas» (1 S 17.54). Una «tienda» se armó en la azotea de una casa para que todos vieran cuando Absalón «se llegó» a las concubinas de su padre (2 S 16.22). Esta acción constituyó un rechazo abierto al dominio de David y una declaración de que él (Absalón) estaba tomando el trono.

Segundo, el vocablo es un sinónimo de «hogar, morada» y de «habitación». Este énfasis es muy marcado en Jue 19.9 (rva): «He aquí que el día se acaba, y está anocheciendo. Por favor, pasad aquí la noche, porque el día ya ha declinado. Pasa aquí la noche y alégrese tu corazón. Mañana os levantaréis temprano para vuestro viaje, y te irás a tu morada». Este significado está presente en la frase «cada uno a su tienda»: «No tenemos nosotros parte en David, ni heredad con el hijo de Isaí.¡Cada uno a su tienda, Israel!» (2 S 20.1; «morada» rva). El «tabernáculo» («tienda») de David es, por tanto, su morada o palacio (Is 16.5). De manera similar, el «tabernáculo» («tienda») de la hija de Sion es su capital, Jerusalén, la «habitación» de Israel (Lm 2.4).

Tercero, <ohel puede referirse a los que habitan en las moradas de una región dada o que integran un conjunto de personas. Por tanto, las «tiendas» de Judá son sus habitantes: «Y librará Jehová las tiendas de Judá primero, para que la gloria de la casa de David y del habitante de Jerusalén no se engrandezca sobre Judá» (Zac 12.7; cf. Sal 83.6).

Hoy, al igual que en el pasado, las tiendas de los beduinos se hacen de una tela negra muy fuerte tejida con pelos de cabra. Tienen varias formas. Las mujeres las arman extendiendo la tela sobre palos y amarrándola con cuerdas de pelo de cabra o de cáñamo. Se usan mazos de madera para clavar las estacas en el suelo (Jue 4.21). A veces la estructura se divide en secciones para acomodar a diferentes familias o separar los animales de las personas (2 Cr 14.15). La «tienda» al fondo se mantiene cerrada y los pliegues del frente, en la unión de las dos telas, sirven de entrada (Gn 18.1). La «tienda» y todo su mobiliario se transporta a lomo de una sola bestia. La gente más pudiente tapiza el suelo con alfombras de diversos materiales. Un jeque podría tener varias «tiendas» para sí mismo, para sus mujeres, su familia más allegada y para los animales (Gn 31.33).

Antes de que se construyera el «tabernáculo», Moisés armó una «tienda» afuera del campamento (Éx 33.7). Allí se encontraba con Dios. Esta «tienda» fuera del campamento se mantuvo como una institución viable por muy poco tiempo, una vez construido el tabernáculo y hasta la partida del Sinaí (Nm 11.16ss; 12.4ss). Finalmente el arca del pacto se trasladó al tabernáculo (Éx 40.21) donde el Señor se reunía con Moisés y hablaba a Israel (Éx 29.42). Esta tienda se denominó tabernáculo de reunión puesto que contenía el arca del pacto y las tablas del testimonio (Nm 9.15). En su calidad de tienda de reunión, fue allí donde Dios se reunía con su pueblo a través de Moisés (o el sumo sacerdote) y les revelaba su voluntad (1 S 2.22).

 

Tierra

<adamah (hm;d;a}), «suelo; tierra». Este nombre también se encuentra en arábigo. Los casos en hebreo son alrededor de 224, abarcando todos los períodos de la Biblia hebraica.

Para comenzar, este nombre se refiere a «tierra» cultivable (quizás de color rojizo). Tiene agua y plantas: «Sino que subía de la tierra un vapor el cual regaba toda la faz de la tierra» (Gn 2.6). Este mismo significado se encuentra en la primera cita que contiene el término (Gn 1.25): «Todo animal que se arrastra sobre la tierra». El vocablo se contrasta con «erial, yermo» (suelo improductivo); es el término genérico que indica la superficie del planeta «tierra» y que, juntos o por separado, significa «suelo, tierra». El cuerpo del primer hombre, Adán, se formó solo de <adamah (cf. Gn 2.9): «Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra [<adamah]» (Gn 2.7).

<Adamah puede usarse específicamente para describir una «tierra» que un grupo particular de personas cultiva o que recibe para culivarla: «Mira desde tu morada santa, desde el cielo, y bendice a tu pueblo Israel y la tierra que nos has dado, como juraste a nuestros padres: una tierra que fluye leche y miel» (Dt 26.15). Una variante adicional de este matiz tiene que ver con el propio suelo: «Te ruego, pues, ¿de esta tierra no se dará a tu siervo la carga de un par de mulas [para erigir un altar al Señor]?» (2 R 5.17).

En Éx 3.5 <adamah se usa más en el sentido del «suelo» que pisamos, sin tener en cuenta su productividad: «Quita las sandalias de tus pies, porque el lugar donde tú estás tierra santa es».

El matiz «propiedad» o «posesión» se destaca con más claridad en pasajes como Zac 2.12: «Jehovah poseerá a Judá como su heredad en la tierra santa» (rva; cf. Sal 49.11). Aunque <adamah nunca tiene una referencia política, a veces se usa con el significado de «propiedad» o «patria» (cf. Is 14.2; 19.17; y en particular Ez 7.2). Otro ejemplo es Is 15.9 (rva): «Pero yo aún traeré sobre Dibón otras cosas: leones contra los fugitivos de Moab, y contra los sobrevivientes de la tierra».

En todo el Antiguo Testamento existe una relación entre <adam («hombre») y <adamah («tierra»). Tienen una afinidad etimológica puesto que ambos parecen derivarse del verbo <adom («ser rojo»). Mientras que Adán obedeciera a Dios, la «tierra» rendiría su fruto. Por consiguiente, la «tierra» pertenece a Dios y estando bajo su autoridad corresponde a los esfuerzos de su siervo (Gn 2.6). Con el pecado se rompe la armonía entre el hombre y la «tierra», y esta ya no responde a su cuidado. Su vida se mueve hacia adentro y hacia la muerte en lugar de hacia arriba y hacia la vida. A medida que crece la rebelión humana disminuye la fertilidad del «suelo» (Gn 4.12, 14; cf. 8.21). En Abraham la redención prometida (Gn 3.15) se manifiesta mediante una debida relación entre Dios y el hombre y entre este y la «tierra» (Gn 28.14–15). Bajo Moisés la productividad del «suelo» dependía de la obediencia del pueblo de Dios (cf. Dt 11.17).

<erets (År,a,), «tierra (todo el mundo); tierra firme; suelo; entidad política; subsuelo». El término tiene cognados en ugarítico, fenicio-púnico, moabita, acádico, arameo (donde los radicales son <rq o <r>); y arábigo (<rd). <erets aparece en la Biblia hebrea alrededor de 2.504 veces (22 en arameo bíblico) y en todos los períodos. Expresa una cosmovisión que contradice los mitos antiguos así como las teorías modernas que intentan explicar el origen del universo y de las fuerzas que los sostienen.

La palabra a menudo representa toda la superficie de este planeta y, junto con el mundo «celestial», describe la creación física total y cada cosa en ella. Esto es lo que significa la primera vez que se menciona en la Biblia: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Gn 1.1).

En primer lugar, <erets significa «tierra» la escena temporal de la actividad, experiencia e historia humana. El mundo material comenzó cuando Dios «hizo la tierra con su poder», la «formó» y «extendió» (Is 40.28; 42.5; 45.12, 18; Jer 27.5; 51.15). Por consiguiente, «de Jehová es la tierra» (Sal 24.1; Dt 10.1; Éx 9.29; Neh 9.6). Ninguna parte de la «tierra» es independiente de Él porque «los confines de la tierra son suyos», incluyendo «los montes», «los mares», «la tierra firme», «las profundidades de la tierra» (Sal 2.8; 95.4–5; Am 4.13; Jn 1.9).

<erets a veces significa «tierra» a diferencia de mar o agua. Este uso se encuentra, por ejemplo, en Éx 20.11: «Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que hay en ellos hay, y reposó en el séptimo día». El significado más restringido aparece por primera vez en Gn 1.10, donde «llamó Dios a lo seco Tierra». En este contexto, «tierra» incluye desiertos, suelo de cultivo, valles y montañas, todo lo que hoy conocemos como islas y continentes.

Dios creó la tierra para que se habitara (Is 45.18). Puesto que «tenía autoridad sobre la tierra», por ser el Creador, decretó: «Produzca la tierra hierba verde … según su género» (Job 34.13; Gn 1.11). La «tierra» nunca debía dejar de producir porque «mientras exista la tierra, no cesarán la siembra y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, el día y la noche» (Gn 8.22 rva). «La tierra está llena de los beneficios de Dios» y el género humano debía «multiplicarse y llenar la tierra» (Sal 104.24; Gn 1.28; 9.1). Que nadie se imagine que la tierra es un mecanismo autónomo porque «Jehová reina» y «Él está sentado sobre el círculo de la tierra», desde donde hace «llover sobre la faz de la tierra» (Sal 97.1; Is 40.22; 1 R 17.14).

Puesto que «los ojos de Jehovah recorren toda la tierra» (2 Cr 16.9 rva; cf. Zac 4.10), Él observa que «no hay hombre justo en la tierra» (Ec 7.20). En un principio, Dios se propuso raer «de sobre la faz de la tierra a los hombres» (Gn 6.5–7). Aunque su ira se aplacó y prometió no volver «más a maldecir la tierra … ni … a destruir todo ser viviente» (Gn 8.21), podemos estar seguros de que Él viene «a juzgar la tierra» (Gn 7.16s; Sal 96.13). En aquel momento, a la ira del Señor «tiembla la tierra», la «vacía» y la «beberán todos los impíos de la tierra» (Jer 10.10; Jl 2.10; Is 24.1; Sal 75.8). Con todo, Dios brinda una alternativa para todos los que responden a su promesa: «Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra» (Is 45.22).

Lo que el Creador formó «en el principio» también tendrá su fin, porque Él creará «nuevos cielos y nueva tierra» (Is 65.17; 66.22).

El vocablo hebraico <erets se encuentra también a menudo en la frase «cielo y tierra» o «tierra y cielo». En otros términos, las Escrituras enseñan que nuestro planeta terráqueo forma parte de una estructura global cosmológica a la que llamamos universo. Esto no es un accidente ni el resultado de procesos internos; los insondables confines e innumerables componentes del universo deben su origen a Dios, «quien hizo los cielos y la tierra» (Sal 121.2; 124.8; 134.3).

Puesto que Dios es el «creador y dueño del cielo y de la tierra», todo el universo debe retumbar con las alabanzas de su gloria que «es sobre tierra y cielos» (Gn 14.19, 22; Sal 148.13). «Cantad loores, oh cielos … gritad con júbilo profundidades de la tierra» (Is 44.23); «Alégrense los cielos, y gócese la tierra» (Sal 96.11). Así rinde culto a Dios toda la creación porque «todo lo que quiso Jehová, ha hecho; en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los abismos» (Sal 135.6).

<erets no solo denota todo el planeta tierra, sino también algunas de las partes que lo constituyen. Términos como tierra, campo, suelo, terreno y patria comunican el significado de <erets a nuestra lengua castellana. <Erets es el «suelo» que pisan los seres humanos y animales; por ejemplo: «Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar … y en todo animal que se arrastra sobre la tierra» (Gn 1.26). Sobre el <erets hay polvo (Éx 8.16) y caen la lluvia y el rocío (Gn 2.5).

Con cierta frecuencia <erets se refiere a un territorio nacional o bien al pueblo que lo habita (una nación o una tribu): «Ya no había alimentos en toda la tierra; y el hambre se había agravado, por lo que desfallecía de hambre tanto la tierra de Egipto como la tierra de Canaán» (Gn 47.13 rva). Además de Egipto, encontramos «tierra de los filisteos», «tierra de Israel»; «tierra de Benjamín»; «tierra de su nacimiento» (Gn 47.13; Zac 2.5; 2 R 5.2, 4; Jue 21.21; Gn 11.28). Véase también Nm 32.1 (rva) : «Los hijos de Rubén y los hijos de Gad tenían muchísimo ganado. Y al ver la tierra de Jazer y la tierra de Galaad, el lugar les pareció apropiado para el ganado».

Se dice que Israel vive en la «tierra de Jehová» (Os 9.3; cf. Lv 25.33ss). Cuando el pueblo llega a sus fronteras, Moisés les recuerda que la tierra les pertenecía únicamente porque Dios expulsó a otras naciones para «darles su tierra por heredad» (Dt 4.38). Moisés promete que Dios haría producir la tierra, porque Él dará «la lluvia de vuestra tierra» para que sea una «buena tierra», «tierra de trigo y cebada, de vides, higueras y granados; tierra de olivos, de aceite y de miel» y «tierra de abundancia» (Dt 11.13–15; 8.7–9; Jer 2.7).

El nombre hebreo también se puede traducir como «suelo» (Am 3.5; Gn 24.52; Ez 43.14). Cuando Dios ejecuta su juicio, «a los impíos humilla hasta el suelo» (Sal 147.6 rva; «polvo» nvi).

Por último, encontramos un matiz de <erets poco usado, aunque significativo, que se refiere al «subsuelo o submundo»: «Los que buscan mi alma para destruirla caerán en las profundidades de la tierra» (Sal 63.9 rva). A veces el término sin calificativos se usa para hablar del «submundo»: «Descendí a la base de las montañas. La tierra echó sus cerrojos tras de mí para siempre» (Jn 2.6 rva). Los cognados acádicos a veces tienen el mismo significado. Algunos estudiosos encuentran esta acepción también en Éx 15.12; Sal 71.20 y Jer 17.13.

 

Torre

migdal (lD;gÒmi), «torre; fortín; atalaya; púlpito». Hay cognados de este vocablo en ugarítico, arameo, siríaco y acádico. El término se encuentra unas 50 veces en hebreo bíblico.

Migdal significa «torre», comenzando con la primera vez que aparece en la Biblia (Gn 11.4): «Y dijeron: Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo».

El vocablo a menudo se refiere a un «fortín»: «Y de allí subió a Peniel, y les dijo las mismas palabras. Y los de Peniel le respondieron como habían respondido los de Sucot. Y él habló también a los de Peniel, diciendo: Cuando yo vuelva en paz, derribaré esta torre» (Jue 8.8–9).

A veces migdal se refiere a una «atalaya», una torre bien fortificada como las que protegían los pórticos y las murallas de las ciudades: «Uzías también edificó torres en Jerusalén, junto a la puerta de la Esquina, junto a la puerta del Valle y junto al ángulo, y las fortificó» (2 Cr 26.9 rva).

En Neh 8.4 el vocablo indica un «púlpito» o una plataforma de madera: «El escriba Esdras estaba sobre un púlpito de madera que habían hecho para ello».

 

Trono

kisse< (aSeKi), «trono; asiento». Esta palabra, cuyo significado básico es «asiento de honor», aparece en muchas lenguas semíticas (ugarítico, fenicio, arameo, siríaco, arábigo), así como en antiguo egipcio.

Kisse< aparece 130 veces en el Antiguo Testamento hebraico y, como era de esperarse, es más frecuente en los libros históricos que en los proféticos. Pocas veces se halla en el Pentateuco. El primer caso de kisse’ es en Gn 41.40: «Tú estarás sobre mi casa, y por tu palabra se gobernará todo mi pueblo; solamente en el trono seré yo mayor que tú». En hebreo moderno el significado básico es «asiento» y un trono se denomina un «asiento real».

En el Antiguo Testamento kisse< quiere decir básicamente «asiento» o «silla». Se ofrece un «asiento» a visitantes (1 R 2.19), a huéspedes (2 R 4.10) y a hombres de mayor edad (1 S 1.9). Cuando un rey o los ancianos se reunían para administrar justicia, se sentaban sobre un trono de justicia (Pr 20.8; cf. Sal 9.4). En todos estos contexto kisse< se asocia con honor. Por otro lado, como en el caso de la prostituta (Pr 9.14) o de los soldados que ponen sus sillas (se asientan, acampan) en la entrada de una ciudad, kisse< significa un lugar y nada más (Jer 1.15: algunas versiones sí lo traducen «trono» o «asiento»; cf. rva, lba, nbe).

El uso más común de kisse< es «trono» o «asiento de honor», que también se conoce como el «asiento real»: «Y cuando se siente sobre el trono de su reino, entonces escribirá para sí en un libro una copia de esta ley, del original que está al cuidado de los sacerdotes levitas» (Dt 17.18; cf. 1 R 1.46). Puesto que la dinastía davídica recibió la bendición de Dios, hay varias menciones en el Antiguo Testamento al «trono de David» (2 S 3.10; Jer 22.2, 30; 36.30): «Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre» (Is 9.7). Un sinónimo de «trono de David» es «trono de Israel» (1 R 2.4; cf. 8.20, 25; 9.5; 10.9; 2 R 10.30; 15.12, etc.).

La apariencia física de un «trono» reflejaba la gloria del rey. El «trono» de Salomón fue una obra de arte con incrustaciones de marfil en madera enchapada de oro fino (1 R 10.18).

El vocablo kisse< también puede representar «realeza» y sucesión al trono. David juró a Salomón que se sentaría sobre su «trono» (1 R 1.13; cf. 2 R 10.3).

Por encima de todos los reyes y «tronos» humanos se encontraba el Dios de Israel: «¡Dios reina sobre las naciones! ¡Dios se ha sentado sobre su santo trono!» (Sal 47.8 rva). Los israelitas percibían a Dios como un monarca sentado sobre un gran «trono». En presencia de Acab y de Josafat, el profeta Micaías dijo: «Oye, pues, palabra de Jehová: Yo vi a Jehová sentado en su trono, y todo el ejército de los cielos estaba junto a Él, a su derecha y a su izquierda» (1 R 22.19). Isaías recibió una visión de la gloria de Dios estando en el templo (Is 6.1). La presencia del Señor en Jerusalén también dio lugar al concepto de que Jerusalén era el trono de Dios (Jer 3.17).

La Septuaginta traduce el término como thronos («trono; dominio; soberanía»).

 

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